Entornos personales de aprendizaje, una década de discusión

Francisco Michavila 

El pasado 13 de mayo impartí un seminario en línea con clientes, prospectos y personal docente de diversas instituciones académicas de México y Latinoamericana titulado “Lectura digital y entornos personales de aprendizaje en la educación superior” (descargar presentación), en la que en esencia intenté analizar la evolución del concepto de Entornos Personales de Aprendizaje mejor conocido como PLE debido sus siglas en inglés (Personal Learning Environment), a una década de su “boom”.

Como introducción cité las perspectivas de autores como Fiedler y Pata (2009), Amine (2009), Reig (2009) o Henri et al. (2008), que describen a los PLE como “una colección autodefinida de recursos, servicios, herramientas y dispositivos que sirven para que los profesores y alumnos puedan conformar sus redes personales para el aprendizaje y el conocimiento. Desde esta perspectiva, los PLE se presentan como una opción, algunas veces en oposición y otras complementaria, a las tradicionales plataformas de tele formación o LMS”.

La anterior definición me permitió establecer que el concepto sigue siendo vigente. Escuelas y universidades y cualquier esfuerzo de formación, busca ayudar a crear esas competencias que “moldean” en cada alumno su propio método para buscar, recopilar y gestionar información para crear conocimiento. A este fin se le suele etiquetar como “aprendizaje significativo” no por su capacidad para memorizarse sino por su adaptabilidad a nuevas exigencias y competencias a lo largo de la vida.

En paralelo a la discutible vigencia del concepto de PLE, durante la sesión también me permití introducir que la situación que actualmente vive la educación en el contexto de la pandemia está obligando a volver a discutir la función de los entornos personales de aprendizaje.

Prácticamente todos los docentes y alumnos han tenido que virtualizar su relación de manera inmediata y sin atajos y por lo mismo, ha quedado al descubierto que la alfabetización informacional es tarea pendiente pues no solo se trata de saber ingresar y usar redes sociales, portales de información y herramientas de vídeo llamadas, sino que implica redefinir la relación de todos los involucrados en el proceso de enseñanza-aprendizaje que incluye a directivos, docentes, alumnos, padres de familia, funcionarios responsables de la política educativa y personal de biblioteca.

Hacia el final de la presentación, me atreví a dar una propuesta que concierne a los profesionales de la información. Para mí solo pueden ser ellos los que pueden redimensionar el peso la alfabetización informacional en cualquier comunidad académica. Ya no como una materia de relleno o exclusiva de los profesionales de la información. En mi perspectiva la alfabetización informacional deber ser el eje que dé forma a una educación verdaderamente integral y necesaria que responda a los retos y oportunidades de la (desigual) hiperconectividad.

La biblioteca y su personal deben ayudar a traducir toda la convulsión que la pandemia ha creado. La biblioteca y su personal deben verse como el nodo que más valor proporciona a la red. A una década del boom de los PLE hoy más que nunca vale la pena recuperar su definición: “una colección autodefinida de recursos, servicios, herramientas y dispositivos que sirven para que los profesores y alumnos puedan conformar sus redes personales para el aprendizaje y el conocimiento”.